
Articulo de opinion: Por Madelin Taveras
En la actualidad, es común que muchos padres deleguen el tiempo que deberían dedicar a sus hijos en dispositivos electrónicos como tabletas, teléfonos móviles o la televisión. Sin embargo, es importante preguntarnos: ¿estamos realmente aportando de manera positiva a su desarrollo con esta práctica?
Hoy, San Francisco de Macorís amaneció con una noticia desgarradora: un niño de apenas 13 años se quitó la vida, conocido como Luis Mario, presuntamente afectado emocionalmente por la avería de su teléfono celular.
Este hecho tan doloroso nos obliga a detenernos y mirar con urgencia el papel que está jugando la tecnología en la vida de nuestros hijos… y en la forma en que nosotros, como adultos, estamos educándonos y acompañándolos.
¿En qué momento un dispositivo llegó a ser tan determinante en la vida de un niño, al punto de llevarlo a una decisión tan irreversible? ¿Dónde estábamos los adultos mientras ese vínculo con una pantalla se volvía más fuerte que cualquier otro lazo emocional o familiar?
Como padres, debemos reflexionar sobre si estamos fomentando una dependencia dañina a los dispositivos digitales. La falta de interacción, afecto y guía puede provocar frustración, ansiedad y, como ya estamos viendo, consecuencias más graves. Hoy en día, muchos padres están tan absorbidos por el trabajo o por sus propios teléfonos, que han dejado de mirar a los ojos a sus hijos, de escuchar sus emociones, de ser ese refugio seguro que ellos tanto necesitan.
Cuando intentamos corregir esta situación de golpe, quitando el celular o prohibiendo su uso de forma repentina, olvidamos que esos dispositivos han llenado vacíos que nosotros no supimos o no pudimos ocupar. El caso ocurrido hoy es una señal de alerta que no podemos ignorar.
Es fundamental asumir nuestra responsabilidad con valentía y compromiso. Brindarles tiempo de calidad, amor genuino, escucha activa y contención emocional a nuestros hijos es una prioridad que no se puede seguir postergando. No se trata de demonizar la tecnología, sino de no permitir que reemplace el vínculo más importante que un niño necesita: el de su familia.
El tiempo pasa rápido: hoy son niños, mañana serán adultos con posibles frustraciones y vacíos emocionales. Pero aún estamos a tiempo. Nunca es tarde para empezar a construir o reconstruir, esa conexión humana que vale más que cualquier pantalla.
Te lo dice una madre que enfrenta esta realidad con los ojos bien abiertos.




