
Cada día parece más frecuente ver a jóvenes actuar como si la vida fuera un videojuego: creen que tras cada error habrá otra oportunidad, que se pueden “reiniciar” después de cada imprudencia. Pero la realidad es diferente: solo tenemos una vida, y cuando se pierde, nadie puede devolverla.
En menos de una semana, dos tragedias han marcado profundamente a familias dominicanas. El domingo pasado, un joven de apenas 16 años perdió la vida en San Francisco de Macorís al ser arrojado al suelo por una yipeta. Sus padres, vecinos y amigos contaron que en múltiples ocasiones le habían pedido que disminuyera la velocidad, pero sus advertencias fueron ignoradas.
Simultáneamente, en Santiago, varios jóvenes murieron también por imprudencias viales. Videos que circulan en redes muestran cómo algunos conducen como si las calles fueran solo suyas, ignorando el peligro y el dolor que provocan a quienes los rodean.
El dolor no es solo de los que parten, sino de los que quedan. Los padres, familiares y amigos deben enfrentar la pérdida de sus hijos y seres queridos, mientras reflexionan sobre la importancia de escuchar y cuidar la vida. Como señala un vecino, “al paso que vamos nos quedaremos sin juventud”.
La vida no es un videojuego. Cada decisión cuenta, cada acto tiene consecuencias, y nadie merece aprender estas lecciones de la manera más dolorosa. La prudencia y el respeto por la vida deben ser enseñanzas que los jóvenes valoren antes de que sea demasiado tarde.
Redacción: Madelin Taveras



