
Por: Ricky Noboa
En un sistema político donde la justicia sucumbe frente al dinero y el poder político, estamos condenados a la opresión generada por la incapacidad de aplicar un régimen de consecuencias, para no juzgar a los imputados como héroes y condenando a las víctimas. Se premia a los que han entregado los recursos naturales cual nacionalismo aberrante, a los impunes frente a la administración de justicia, estimulando la malversación del erario en la administración pública y ni hablar, de la impunidad en base al enriquecimiento ilícito; y la intención de amordazar la expresión y difusión del pensamiento con la connivencia de democratizar nuestra identidad ciudadana, otorgando y regularizando una nacionalidad fruto de la sangre y el patriotismo de nuestros próceres. Hoy la familia dominicana debe cuidar más que nunca la supervivencia y no caer víctima de semejante traición en complicidad con nuestros enemigos históricos. A cambio de sus intereses fácticos de enriquecimiento, pretenden ampliar la nación como un mercado y subyugarnos a ser deshonrados sin patria, sometiendo a las nuevas generaciones a la vergüenza que, como legado, debemos preservar por la memoria y el sacrificio de nuestros fundadores, con Juan Pablo Duarte a la cabeza. La justicia se recupera con la voluntad de un pueblo que exige igualdad social. No se trata de crear un ministerio de justicia, ni una ley mordaza; se trata de evitar que los recursos se sigan dilapidando en acciones privadas de los funcionarios públicos. Al final, el espíritu de nuestros próceres pasará factura y cambiarán el curso de la historia, como así lo concibieron.


