
Por Ricky Noboa
La dominicanidad siempre reinará y ningún poder extranjero podrá apartarnos de nuestros cimientos forjados el 27 de febrero de 1844, cuando nacimos como república libre y soberana.
El aliento de nuestros fundadores circula en nuestra sangre creando el compromiso con nuestra descendencia, ofrendando nuestras vidas a cambio de la soberanía que absolutamente nadie podrá arrebatarnos.
Cuando se trata de patria no hay diferencias políticas ni sociales, no debe haber diferencias en el liderazgo político, todos caminamos en una misma dirección y bajo un mismo credo; de lo contrario, claramente se llamaría traición a la patria. Los más humildes son los más ricos en voluntad, y los ricos los más humildes en reflexionar que nada valemos sin libertad.
Hoy la patria nos pide y nos ofrece la mejor oportunidad de vivir con dignidad acudiendo a su llamado. Los títulos son recompensa de la virtud, cuando aquel que ha servido a su patria tiene altruismo, entonces el que concede los honores tiene gloria, lo mismo que quien los recibe porque el país se beneficia de todos. Aquel que careciendo de méritos apela a los actos de sus antepasados para su propia grandeza, es como el ladrón que reclama protección refugiándose en la traición.
Hoy tenemos el compromiso de ser verdaderos dominicanos.
Nuestra historia es rica en hazañas emancipadoras, deportivas, culturales; pero, sobre todo, los dominicanos hemos enfrentado la ignominia, logrando colocarnos ante los ojos de Dios como un pueblo que ama la libertad que Él protegerá, preservando nuestra patria como recompensa al ideal sacrosanto de los próceres de nuestra independencia, cuando exclamaron “Dios, Patria y Libertad”.



