
La práctica de la política en República Dominicana es un tributo al engaño. Los bienes generados por el sacrificio del pueblo se reparten de acuerdo a un sistema de partidos que promueve el clientelismo de servirse del erario, sin el solemne ejercicio de servir al pueblo. La transparencia en el ejercicio profesional es un obstáculo en una sociedad inducida al paternalismo de Estado. Los individuos que se guían en base a principios de equidad y honestidad son una retranca para la administración de los recursos del estado. Las fortunas generadas por los políticos no resisten auditorías y el tráfico de influencias es garantía de impunidad. La pobreza extrema es el resultado de la desproporción de oportunidades de educación y sobre todo, de un sistema de justicia creado para proteger a los corruptos. La población es víctima de la repartición del patrimonio público por sectores que llegan al poder en base a intereses, fruto de las negociaciones políticas y transfuguismo de los partidos bisagras. Los megaproyectos responden a intereses de las cúpulas en el poder que trabajan sin presupuestos con una justicia y un congreso hecho a la medida, que garantizan la manipulación de fondos públicos que no llegan a las grandes mayorías nacionales. Las voces cívicas son calladas por las tentaciones de prebendas que distorsionan la realidad social. Aparecen los nuevos ricos del periodismo manipulador y “coger lo suyo” es un lema de lucha social. No hay ejemplo de castigo en la clase política que adecente moralmente este ejercicio polìtico. La conducta delictiva es la disoluciòn de la familia por el deterioro de la vida y sus necesidades. ¡Parecería una utopía cambiar esta realidad!

